Vida verde

Somos el plástico que desechamos

No es novedad que el reciclaje no es hoy una opción, sino una necesidad. Solo la Ciudad Autónoma de Buenos Aires produce 161.473 toneladas de residuos plásticos al año, a pesar de los contenedores y cestos verdes, los recuperadores urbanos y las campañas de separación de residuos. Si la prevención no es suficiente, ¿que otras alternativas existen para reducir la cantidad de plástico que desechan todos los días? La respuesta es la prohibición. Y les llegó el turno a las bolsas y sorbetes de plástico.

agosto 2019 | OAP! Nº143

Hace dos años, se reglamentó en la Ciudad de Buenos Aires y Área Metropolitana el veto al uso de la bolsa de plástico transparente, o bolsa tipo camiseta como llaman las papeleras. Este desuso alcanzaba a todos los comercios que entregaban bienes, sean pequeños o grandes, desde una farmacia hasta un hipermercado. La iniciativa estuvo (y sigue estando) más que justificada: este tipo de bolsa está compuesta por un plástico muy liviano, por lo que se convierte en residuo en cuestión de segundos. Las “camisetas” ensucian calles, plazas, parques, tapan las bocacalles durante las tormentas, dañan el ecosistema en humedales y más. Incluso, el impacto va más allá de lo que se ve en el andar cotidiano. La liviandad de las bolsas hace que lleguen hasta las riberas del Río de la Plata y allí siguen su inagotable ruta por las aguas, ocasionando la muerte de varias especies marinas. Por ejemplo, las tortugas marinas suelen confundir las bolsas con medusas, por lo que las ingieren con facilidad y sufren de obstrucciones intestinales que pueden derivar en la muerte. Los peces también se ven en peligro por estas intrusas en su hábitat. La bolsa no se descompone, sino que se va degradando lentamente a medida que pase el tiempo hasta llegar a convertirse en nano partículas que siguen flotando en la superficie del agua. Por lo tanto, los peces se alimentan de ellas para luego terminar sin vida.

Lamentablemente, la prohibición de las camisetas plásticas se fue desacelerando. A lo largo de este año aumentaron las denuncias hacia los negocios que las volvieron a poner en práctica, “por la continua queja de los clientes”. Incluso, algunos comercios se escudan en que las bolsas son ofrecidas por distinto valor de acuerdo a su tamaño y es elección del consumidor si decide llevarlas o no. Además, desde la Cámara Argentina de la Industria Plástica (CAIP),  aseguran que desde que se implementó la normativa, cayeron las ventas de las bolsas camisetas y derivados, trayendo como consecuencia la pérdida de alrededor de 10 mil puestos de trabajo.

A finales de mayo de este año, en el Boletín Oficial de la Ciudad de Buenos Aires se reglamentó que los locales ya no pueden ofrecer ni colocar los sorbetes de plástico a la vista de los consumidores. El próximo paso se verá en seis meses, cuando el uso de los sorbetes quede completamente vedado. Antes, la postal en locales de comida rápida era la de encontrar un estante con un servilletero junto al dispenser de bombillitas. Hoy, si un  cliente quiere tomar su bebida con sorbete lo tiene que pedir al momento que le sirven la comida, aunque en algunos locales directamente no los entregan, independientemente si el cliente lo quiere o no. En blogs de desarrollo y consumo sustentable vienen arengando al desuso de los sorbetes plásticos, ya que la vida útil que tienen es demasiado corta en contraste con la contaminación que causan: se estima que estos utensilios pueden tardar entre 150 y 400 años en descomponerse.

Por más que parezca más inofensivo por su tamaño, las bombillas de plástico conforman el cuarto contaminante más común en las costas y aguas argentinas. Al igual que las bolsas, los sorbetes también se desintegran en microplásticos. Además, según la Agencia de Protección Ambiental de la Ciudad, 2 millones de sorbetes son consumidos por mes solamente en los patios de comida de los shoppings, generando un total de 1,7 toneladas al año de residuos plásticos. Como toda iniciativa que causa una restricción, ya se alzaron voces en contra de la medida. Por ejemplo, nuevamente la CAIP apunta a que la prohibición no es la manera más efectiva para combatir la contaminación sino que es vital que desde el Estado haya un plan contundente en gestión de residuos sólidos urbanos, se implementen más políticas educativas sobre la separación de residuos y fomentar nuevos emprendimientos que utilicen los plásticos como materia prima para la creación de nuevos productos.

Habrá que esperar seis meses para ver cómo se implementa al 100% la restricción sobre el uso de los sorbetes. Mientras tanto, es nuestro deber como ciudadanos el seguir buscando alternativas para reducir nuestra huella en el ambiente y además, debemos ser más consientes no solo de lo que consumimos, sino también de lo que desechamos.

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