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¡Paren el mundo, que me quiero bajar!

¿Por casualidad, ubicás la expresión que hemos elegido como título para esta nota? Se trata de una frase que el dibujante Quino puso en labios de Mafalda y que con el tiempo llegó a ser una de sus más conocidas. ¡Y no sin razón! ¿Quién no se ha sentido avasallado alguna vez por el ritmo vertiginoso que lleva nuestra sociedad? Es un ritmo que, impulsado por el activismo y obnubilado por el exitismo, suele arrastrarnos hacia la angustia, la ansiedad y, sobre todo, el estrés. Quizás por esto, a la hora de vacacionar, cada vez resulten más atractivos aquellos destinos en donde la prioridad sea descansar, disfrutar a pleno de la naturaleza y reencontrarse con uno mismo.

febrero 2019 | OAP! Nº137

Por Ignacio Bernasconi

 

Evidentemente, nada de todo esto podía ser ni remotamente imaginado en el siglo VI d. C. Sin embargo, cuando en aquella época San Benito de Nursia escribió la obra que habría de regular la vida de los monjes, tuvo el singular cuidado de ordenar que en sus monasterios se tuviera siempre una actitud de cordial acogida a todo aquel que se acercara. Los huéspedes debían ser recibidos como si de Dios mismo se tratara. Y aunque nos parezca sencillamente increíble, todavía hoy, a quince siglos de su fundación, la hospitalidad sigue siendo una de las características más emblemáticas del carisma benedictino –término, este último, que hace referencia precisamente a Benito.

En efecto, llamados a abrazar una vida oculta a los ojos del mundo, entregados por entero a la oración y al trabajo –ora et labora–, testigos silenciosos de una realidad sobrenatural capaz de conmover hasta al más incrédulo, los monjes benedictinos siguen abriendo las puertas de sus monasterios para compartir el ritmo de su vida con todo aquel que lo desee. Porque, para pasar unos días con ellos, no importa el credo ni la condición social, sino simplemente tener el sincero deseo de encontrarse consigo mismo y con Dios.

Ahora bien, a diferencia de lo que se podría pensar, la hospedería de un monasterio benedictino no es propiamente un hotel, una clínica, ni mucho menos una residencia eventual para turistas. Se trata, en cambio, de un espacio cuya exclusiva finalidad es la de brindar paz y silencio durante un tiempo de descanso y reflexión. En estos monasterios los huéspedes pueden asistir libremente a las oraciones con cantos gregorianos, compartir las comidas con los monjes y participar de pláticas espirituales. Además, tienen la posibilidad de recorrer los magníficos espacios de parque que rodean las hospederías y, si así lo desean, solicitar la confesión sacramental. Por último, también pueden aprovechar para leer, escribir o, incluso, tomar decisiones trascendentales en su vida. El clima de silencio y recogimiento no podría ser más propicio para todo esto.

¡Así que, ya sabés! Si el final de 2018 te dejó acelerado, agobiado o simplemente cansado… ¡quizás ésta sea tu mejor elección! Seguramente tenés algún monasterio cerca donde escaparte unos días para recargar las pilas y empezar el año próximo completamente renovado. Acá te dejamos un listado de todos los monasterios benedictinos que podés encontrar en el Cono Sur: www.surco.org. ¿Te animás a vivir una experiencia así?

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